No, yo no pienso madurar
¡No! No quiero volver a escuchar eso de… a ver cuándo maduras, que ya eres muy mayor. ¡No, joder, más no! Me niego a madurar en este mundo tan inmaduro e insensato que me rodea. Es más, ¡no me hace falta! ¡No lo necesito! Tengo casi treinta años, y puedo afirmar categóricamente, exceptuando momentos muy concretos y sin importancia alguna, que llevo una vida tranquila, satisfactoria y completa, en la que he tenido siempre cuánto he querido, cogiéndolo, pidiéndolo o simplemente deseándolo, ya que la providencia casi siempre ha hecho el resto a mi favor – o en mi contra, disfrazando en aparentes regalos ingeniosas trampas que pusieron a prueba mi inteligencia y astucia, haciéndome madurar y crecer interiormente un poquito más... aunque no mucho, ciertamente -. Si me agradara el arte de colorear el cuerpo humano, seguramente sería la diosa Fortuna la figura que adornaría mi anatomía superior – la espalda, puesto que mi barriga crece por días y transformaría a la tan afortunada diosa en la cerdita Peggy en muy poco años-, pero considerando los cinco millones de años de evolución humana, creo que la máquina más perfecta jamás creada en el universo ya es lo suficientemente bella como para transformarla en una exposición pública de dudoso arte móvil/andante. Pero volviendo a mi mísera existencia, hasta me atrevería a decir que la vida me da mucho más de lo que creo merecer. Nunca encontré en el camino torre tan alta que no pudiera derribar, ni muro tan grueso que no pudiera atravesar. A veces con tan pasmosa facilidad que resulta casi un insulto llamar torres a simples molinos de cartón y barro aparentando ridículamente ser fuertes y robustos fortines al alcance de muy pocos. Por mucho que adornemos con murallas y plantemos grandes campos frente a un molino de viento, o vayamos más allá y lo protejamos con fieras de apariencia peligrosa, nunca dejarán de ser meros, cotidianos y anodinos molinos endebles y vacíos. Incluso con un simple y seco mandoble de ratón óptico se han rendido ante mí auténticos castillos que amedrentarían hasta al más valiente y temerario caballero. Toda una farsa inmunda, ya que la toma de un verdadero baluarte puede llevar días, meses, o incluso años de incesante y dura contienda. Es en el momento de la victoria, cuando de verdad aprecias y valoras el sacrificio y la lucha, y te entregas en cuerpo y alma a conservar lo que tanto te ha costado conquistar. La gloria es tuya, the world is yours. Todo lo demás, lo gratuito y cotidiano, para mí, no es válido. Easy come, easy go* – lo que fácil viene, fácil se va, haciendo alusión a la escasa relevancia de lo adquirido y la facilidad con la que se obtiene, devaluando así su hipotético valor, tal y como pasa con los metales preciosos. Una roca de playa no vale nada por muchos kilos que pese, en cambio, un diamante de peso 10.000 veces inferior, tiene un valor un millón de veces superior. Eso sí, en la playa hay miles de rocas, y ningún diamante-.
*Como cantaran los inigualables Queen en su impresionante Bohemian Rhapsody. Grande fuiste y grande eres, amigo Freddy.
Pero por favor, no derivemos mis parano... perdón, mis pensamientos de madrugadas insomnes hacia la mejor música británica o la bella lucha por alcanzar la eternidad asomándonos a la torreta de esos castillos que tan poco valen a día de hoy, por mucho que los intenten arreglar con cualquier tipo de artificial atrezzo. Para ello dedicaré otros relatos monográficos al respecto, así como a los diamantes y las rocas, metafóricamente hablando, por supuesto. Una roca siempre será una roca, por mucho que la esculpamos, y un diamante siempre será un diamante, esté o no esté tallado. Sigamos pues hablando de la madurez. O mejor dicho, de la inmadurez. Mi inmadurez.
Es cierto que las circunstancias personales de cada persona cambian aunque no queramos verlo a veces. Te haces mayor y tus responsabilidades aumentan en número y dificultad, así como que el superarlas te va dando inteligencia social y capacidad resolutiva para los problemas del día a día. Buscas un trabajo tras finalizar los largos estudios, una persona con la que compartir tu vida – o parte de ella -, una estabilidad y hasta un lugar dónde pasarás el resto de tu vida asentado… pero ¿y qué? ¿Es todo eso incompatible con ser un inmaduro? Y lo que es más difícil todavía de responder… ¿qué es ser una persona madura? ¿Aquella que le da un uso correcto a la razón? ¿Aquella que se cree responsable? ¿Inteligente (socialmente hablando)? ¿Comprensible? ¿Saber decir “me equivoqué” cuando la cagamos y no decir “te lo dije” cuando tratamos de ayudar a quienes no nos quisieron escuchar?¿Tener una capacidad empática altamente desarrollada? Según se dice, y no soy yo el que lo refuta, el ser maduro es aquel que ha encontrado – no sin años de batalla consigo mismo - un equilibrio entre pensamientos, voluntad y sentimientos. Para mí, ser maduro no quiere decir nada, puesto que no creo que exista una única madurez para todas las facetas de la vida. Unas personas desarrollan más unos tipos de madurez, y otras... el resto. Para hacerlo gráfico, podría poner como ejemplo al ejecutivo clásico bien vestido de cuarenta y muchos años que da ante la sociedad esa imagen de sobriedad y liderazgo que haría pensar a cualquiera que ese individuo tan a priori seguro de sí misma es la cumbre de la responsabilidad, la madurez y el éxito social. Una persona altamente cualificada que está en lo más alto de la pirámide laboral en la que nos movemos todos – cuando ejercemos actividad laboral -. Un tipo que gracias a sus grandes dosis de conocimiento, autocontrol y seguridad en sí mismo maneja los hilos del que dependen – desgraciadamente - miles de inocentes conciudadanos. No nos engañemos. Es cierto que cada persona no deja de crecer, ni deja de madurar conforme vamos superando las dificultades y trampas que nos planta de vez en cuando la vida, aumentando así nuestro nivel de experiencia… pero, a pesar de ello, nunca dejamos de ser niños, unos simples críos que a veces lloran, patalean y se frustran por los hechos más cotidianos del día a día – leí una vez que la única diferencia que existe entre un hombre y un niño es el precio de sus juguetes -. El ejecutivo millonario se frustra, agrede a su mujer o sirvienta por ponerle las patatas al gusto de los empleados, patalea si pierde su equipo favorito de fútbol, se cabrea si hay cola en el cine, y hasta pueden tener una visión distorsionada de la realidad que les conduce al fracaso profesional - ¡despedido Mr. Smith! Viva tranquilamente con los veinte millones de euros que le quedan de jubilación, pero no se le ocurra dedicarse al mundo de la publicidad telefónica de nuevo -. Por lo tanto, el Sr. Smith es una persona inmadura a todas luces – según se desprende de lo que generalmente se entiende por madurez -. Mi abuelo se cabreaba cuando en el quiosco de su calle se agotaba la marca de cigarrillos que fumaba. Pateaba la papelera de la farola de la esquina y se iba calle abajo al siguiente establecimiento. ¿Es un inmaduro por eso? – ¡malditos 82 años de inmadurez!- ¿Somos inmaduros por no querer aceptar la muerte de un familiar? O sin ir más lejos… ¿lo somos por llorar la muerte de nuestra mascota? ¿Es que vamos a presuponer que la razón puede controlar todos nuestros sentimientos volviéndonos personas maduras que aceptan cualquier hecho cotidiano por malo y horrible que nos resulte, los comprenden y los asimilan, mientras adoptamos la forma de Buda sobre nuestras sillas de escritorio manchadas de chocolate al tiempo que respiramos profundamente? Decir a estas alturas de la evolución que nuestro cerebro puede controlar todos nuestros sentimientos es una soplapollez solamente apta para aquellos que constantemente se auto-engañan para creer que la vida que disfrutan – o padecen - es maravillosa y todo acontecimiento siempre tiene una explicación lógica. ¡No volvamos a engañarnos, que ya tenemos una edad...! – o no engañemos a nuestro organismo con sustancias estupefacientes para ver “realidades” alternativas, que lo único de real que tienen es la incesante pérdida de neuronas, y ni que decir tiene que quién es amigo de la droga, ya de por sí no debe tener muchas de éstas amigas -. Somos animales. Muy animales. Y seguimos conservando muchos instintos -complejos, sí, pero instintos-, como el materno, paterno, de auto-protección, los instintos sexuales, etc... Querer madurar – o aparentarlo -, es querer comprenderlo y controlarlo todo de nosotros mismos, y eso es imposible – más en nuestra raza, seres desconocedores de nuestro propio cerebro, por mucho yoga que practiques -. Podemos asimilar lo que no queremos entender, comprender lo que es casi incomprensible, o pensar que nuestras traumáticas experiencias nos han enseñado cuánto necesitamos para crecer interiormente... pero eso no nos hará ni mucho menos más maduros. De hecho, lo que nos provoca creernos maduros es una especie de invisible capa protectora que nos aísla del mundo exterior. De la realidad. Suele ocurrirles a las personas que siempre pretenden tener razón sin importar las consecuencias reales de sus actos, o a las que tienen autoestima baja, o las que no son conscientes de su realidad. Personas que van en dirección prohibida y tienen la fe de afirmar: “como la policía los vea, los van a multar a todos”. ¡Espabilad, que vais en dirección contraria! Porque una cosa es tomar tu camino, y otra salirte del mismo. Viven en un mundo que se crean para protegerse del resto, son independientes... irreales, marionetas de trapo en manos muchas veces del viento que las mueve a su antojo. Comprobadlo, esas personas suelen estar solas por su bien, y por el del resto de personas que puedan cruzarse en su camino. Pero eso es añadir más mierda a la mierda – en este momento se me viene a la mente la imagen del típico váter de algunos pub nocturnos cuya higiene brilla por su ausencia -. Ese mundo es tan irreal y volátil, que muchos de esos seres necesitan acceder a él usando sustancias que alteran las funciones normales que desarrolla nuestro organismo a diario. Organismo que, como ya he dicho, lleva cinco millones de años convirtiéndose en la maquinaria más perfecta de la evolución. No necesita aditivos, excepto cuando se rompe, o la queramos romper.
Para darle la vuelta a la tortilla he de comentar algo que he comprobado en el poco periodo de tiempo que llevo paseando en este bello y poblado planeta, y que jamás de los jamases me falla. Y esto quiere decir nunca de nunca. Los inmaduros, por lo general, son los maestros de las excusas – sobre todo para ellos mismos -, son seres confusos y totalmente desorganizados, normalmente debido a una falta de equilibrio emocional que se les debió aplicar en su infancia - o que perdieron a lo largo de su vida tras innumerables fracasos -, semejante a los chips electrónicos introducidos en las centralitas de los perfectos Ferrari en las cadenas de montaje de las fábricas italianas de Maranello. Sus vidas son una confusión y un desastre constante, plagados de –falsas- promesas rotas, amigos perdidos a lo largo del camino, iniciativas que nunca tendrán desarrollo y buenas intenciones -teóricas- que luego, en sus vidas, no se convierten en realidad –nunca-. Básicamente son las personas que hablan demasiado, tienen muchas leyes y supuestos principios, y luego, en la práctica real y en contacto con ese mundo que se sale del suyo, ni hacen nada, ni tienen absolutamente nada.
Yo, a pesar de ser un inmaduro mediocre más, soy distinto a esos individuos auto-denominados maduros de dudosa utilidad – risas de fondo -. Me considero esa clase de inmaduro que a veces se queja y se abate debido a disgustos, frustraciones o aparentes derrotas – que a veces son victorias encubiertas -. Simplemente no soy de encajar estas sensaciones porque soy tan arrogante que pienso que todo lo hago bien, y que difícilmente me va a salir algo jodido en mi preciso plan – craso error -. Pero bueno, esto no pasa siempre, y a veces encajo duros golpes con sorprendente pasividad. Esto es debido quizás a que después de todo, el golpe no era tal. Me atrevo a decir, a riesgo de parecer insensato, que soy esa clase de inmaduro que lucha aún sabiendo que antes de la batalla, ya está derrotado, pero que a pesar de ello, se lanza al terreno repleto de minas y enemigos. Tal vez sea orgullo o instinto animal, como el que tenían los espartanos, que aún sabiendo que iban a morir, acudieron a luchar a las Termópilas porque era su deber. Es algo que te enseñan y llevas en la sangre, aunque muchas veces resulte insensato y una pérdida de tiempo luchar por las causas perdidas. Orgullo y corazón, pero sobre todo, porque soy esa clase de personas que hace las cosas porque desde un primer momento sabe lo que quiere, aunque no sea lo mejor ni lo adecuado para mí– soy demasiado pasional, otro rasgo más que pone de manifiesto mi inmadurez -, pero en esta vida no solamente hay que saber luchar sin miedo, a veces viene bien hacerlo sin esperanza. No suelo dudar de mis sentimientos, y cuando lo hago, lo soluciono dialogando como los hombres valientes, face to face, de forma natural y directa, sin que ello suponga tener que hacerlo cuando me dé un arrebato pasional e ilógico. Las cosas se hablan cuando suceden, no después – esto me da puntos de madurez, que conste en acta-.
Pero entonces, profe... ¿en qué grado va la madurez ligada a la inteligencia? ¿Qué relaciones reales hay entre ambos términos? ¿Inteligencia emocional es sinónimo de madurez? ¡Pues por supuesto que sí! No todo el mundo sabe que inteligencia no hay solamente una. Nada tiene que ver la intelectual con la emocional. Pero para mi absurdo texto de esta madrugada, la que nos vale es la emocional. Yo me considero un tipo bastante estable emocionalmente hablando, además de una persona bastante inteligente – lo de bastante va en mayúsculas, pero no quería que resultara tan obvio mi amor por mí -, pero a pesar de ello, en ocasiones me dejo llevar por sentimientos desagradables que corrompen mi impoluta presencia y saber estar. La maldad encubierta y sigilosa, la ira, la envidia de los desafortunados afortunados, los celos ilógicos, los desvaríos, algunas extravagancias o manías, o simplemente ciertos caprichos innecesarios que me recuerdan que soy un simple mortal que padece de las mismas enfermedades que el resto… ¡hum!... bueno, un momento, ahora que me leo pienso que... ¡no soy estable emocionalmente hablando! – risas de fondo – Pues vaya, sinceramente me importa una defecación dura con forma de enano de jardín – que escatológico esto hoy... - las maneras en las que mis instintos naturales se muestran ante el mundo que me observa. Soy lo suficientemente inteligente como para restar importancia a cosas que tal vez no la tengan –aunque yo piense que sí llevado por mi característica forma de amar y odiar-, o dejar de envidiar a quién de verdad no envidio en absoluto. Puedo pensar que los celos solamente son motivos de inseguridades y desconfianzas, sabiendo que no soy ni inseguro ni desconfiado. Los desvaríos, manías o extravagancias van dentro de cada uno, por lo que tal vez no tengan parte negativa en personas medianamente normales – o estándar -, siempre y cuando todo eso no implique canibalismo o seccionamiento de partes orgánicas a seres vivos. Vaya, ¡estoy desvariando!
La conclusión que saco es simple: no existen personas maduras – es más, solamente usaría el término “maduro/madura” para el mundo vegetal-. Puede haber personas que asimilen mejor ciertos hechos que otras, o que éstas últimas comprendan mejor lo que las primeras no son capaces de ver a simple vista. Va a depender de muchísimos factores (experiencias vitales, educación, desarrollo de la infancia, capacidades intelectuales y cognitivas...), obedeciendo a la capacidad de cada cual para adaptarse mejor a una nueva situación, de enfrentarse de una forma u otra a un problema o reto, o saber asimilar antes o después cualquier hecho con mayor o menor impacto – sin llegar a ser nada traumático, no dramaticemos -. Dudo que exista la persona que se adapte perfectamente a todo, que todo lo entienda, y que todo asimile de forma inmediata. Y si existe, no es humano, o no es consciente de la realidad. Y no sé que dos cosas es peor.
Por consiguiente, partiendo de la base de que no hay ni una sola persona madura en el pequeño mundo que me rodea, y haciendo alusión al principio de mi escrito... ¿por qué narices seres que están a siglos luz de resultar mínimamente maduros – y sensatos- se atreven a juzgar mi inmadurez? ¿Por qué se insulta así mi inteligencia?¿Alguien me lo explica y me hace feliz? O mejor, ¿por qué no obvias la pregunta y me regalas un Lamborghini Gallardo y me haces feliz igualmente? Sería un gran favor que alguien me sacase de esa duda – o me comprase el coche - que me ronronea en la cabeza desde hace mucho tiempo – la duda, no el coche, aunque también-. No puedo entender, por ejemplo, como personas que no se quieren a sí mismas pueden intentar mínimamente querer a otras. No puedo llegar a entender cómo personas cuyas vidas, totalmente irreales, abstractas, distorsionadas y fuera de toda lógica social moderna, y que son un compendio de amarguras, achaques, desastres, errores y fatales decisiones se atreven a juzgarme por mis actos, reacciones o respuestas ante los estímulos que pueda padecer mi semi-moldeado cuerpo en evolución. ¿Por qué no se miran en un maldito espejo o escriben para sí mismas todo aquello por lo que piensan que son seres verdes en un mundo gris? Seguramente se vive mejor en la mentira. Mi visión de la realidad es única y personal, y la manejo como quiero – no cómo puedo, ya que por poder, puedo de mil formas, pero solamente quiero manejarla de una -. Puedo mejorarla. Perfeccionarla incluso. Pero no, ¡no quiero que me vuelvan a juzgar por ser como yo mismo he elegido ser! ¡Me gusta mostrarme al mundo tan inmaduro como soy! No tengo nada que demostrarle a nadie – excepto a las personas que llevan mi misma sangre... y a un tribunal de oposiciones -, ni ir de lo que no soy. Aparentar debería estar inscrito en el registro de nuevas enfermedades para el año 2010.
Si a mí me pagaran por actuar en una obra de teatro o televisión, me estaría prostituyendo como persona, estaría en alquiler mi cuerpo, mente y mis artes escénicas, pero yo, en el día a día, soy yo, para bien o para mal, y no me vendo por nada ni por nadie – Lo único que tengo en esta vida son mis cojones y mi palabra, y no las rompo por nadie, Tony Montana, Scarface-. En cambio, hay gente tan triste que actúa constantemente de forma... ¡gratuita y sin público! Meteros en Gran Hermano o afinad vuestras voces para probar suerte en los casting de Operación Triunfo, ¡no valéis para nada!
No es que nada me importe, mentiría si dijese que paso de todo, como tantas otras personas hacen para engañarse a sí mismas y disimular tantas inseguridades y complejos. Solamente que yo no tengo miedo a mostrarme tal y como soy, a decir las cosas como las pienso y a actuar como quiera sin importarme si me miran o me dejan de mirar. No tengo miedo a mostrar mi lado femenino (un saludo por si me lees, Nacho Cano) a pesar de conocerme perfectamente la teoría de lo que se dice que es lo único que conocemos los hombres: fútbol, coches y mujeres – por suerte, algunas cosas más conozco -. Y digo la teoría, porque en la práctica solemos cagarla, más si lo nuestro no es aparentar ser lo que ni somos ni seremos jamás con el único propósito de maravillar a aquellas que se quedaron varios cientos de miles de años atrás en la escala evolutiva – fallo nuestro, por no fijarnos en mujeres de verdad. Mujeres, en mayúscula. Aún así, en ningún sitio nos enseñan a escoger bien nuestras parejas o relaciones, así que no podemos culparnos por ello -. No tengo miedo a llorar en público, no tengo reparos en reír ni en frustrarme ante mis semejantes, ni tampoco necesito ser un prepotente que esconde sus miserias tras un ridículo carácter hollywoodiense ataviado con prendas de King Africa; no necesito ropas que me identifiquen ni accesorios que acentúen mi personalidad – por suerte me sobro y me basto conmigo mismo, que las carencias, sean del tipo que sean, se queden para otro tipo de persona - y no afirmaré jamás que no quiero llamar la atención y pasar desapercibido si mis actos lo que demuestran es simplemente que lo quiero es llamar la atención del resto que me ignora. El mundo como tal me es indiferente, a pesar de ser plenamente consciente de dónde vengo, quién soy, y de qué formo parte, y lo demuestro con mis actos cotidianos, no haciendo o soltando memeces absurdas que llevan la contraria a lo que chulescamente propugno a viva voz. Demasiada gente se contradice constantemente. Básicamente no quiero que se hable de mí, no quiero que se me juzgue – si se hace... si se me juzga, se me ataca o se me define, se corre el riesgo de otorgarme el derecho a que yo juzgue y catalogue, y eso, se mire por donde se mire, es cavar la tumba propia, puesto que soy tan inmaduro, que puedo tener argumentos lógicos a favor de hacerte degustar ojos de lenguado podrido, y acabarías comiéndolos pensando que son el mayor manjar del mediterráneo, sin obviar los suculentos ojos de gamba -. O simplemente, resultar ser infinitamente más inteligente que aquel quién ose ponerme a prueba, porque el intentar parecer tonto es algo que a muchos se nos da muy bien para pasar desapercibidos entre tanto supuestos leones y leonas sueltas –ovejillas demasiado crecidas, al fin y al cabo-, observando como aquellos que son tontos/tremendamente tontos pretenden ir de inteligentes – ¡esto resulta a veces muy gracioso!-. De aquella podemos sacar una conclusión – la primera de la noche, venga -: No juzgues, si no quieres ser juzgado. No somos nadie para hablar de la inmadurez ajena – ni de tantas otras cosas... -. En cambio, hablar de la inmadurez de cada cual puede ser hasta un tema realmente jocoso – me encanta esta palabra aunque no sepa lo que significa -. Y no somos nadie para ello, simplemente porque tal vez el juez o jueza sea mucho más inmaduro que el presunto reo de inmadurerismo (nuevo vocablo y delito recogido en el artículo 989 del Código Penal reformado en el 2005 por la Ley Orgánica 56/69 de 34 de Febrero. Es broma, que lo mismo alguien se lo cree y lo pone en algún examen). Y como se demuestra probado, según sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, de 29 de Marzo – mi cumpleaños... tenía que meterlo por algún lado para que aquellas personas que me lean graben esa fecha en su subconsciente -, se declara culpable a toda aquella persona que, creyéndose en posesión de la verdad única y absoluta, sea tan infame de atreverse a juzgar al prójimo, adoleciendo este juzgador de los mismos o peores vicios y objetos de inmadurez que la persona a la que se dirigen sus afirmaciones fascinerosas. Se condenará a tales personas a vivir sumidos en un mundo de estúpidas fantasías aderezadas por espléndidos delirios – delirio: perturbación o excitación mental causada por una fuerte enfermedad o una fuerte e irracional pasión. Estado de excitación que no corresponde con razón ni voluntad propia. Despropósito. Disparate.- de grandeza derivados de la falsa realidad en la que viven temporalmente... para que sea, cómo no, la verdadera y única realidad del mundo en el que vivimos, la que aplaste a estos seres con toda la crudeza que de la misma se desprende. Porque podemos entender e interactuar con la realidad de mil formas, pero mundo, créanme, solo hay uno...
Aún así, no perderé la esperanza de ser juzgado alguna vez por una persona cuya inmadurez sea, al menos, igual o inferior a la mía, y su inteligencia, como mínimo, ¡duplique! la que me ha sido otorgada por naturaleza y genética, si es que tal medición fuese posible en tiempos futuros con mayor exactitud de la que nos ofrecen esos ridículos test psicotécnicos. Un juez -o jueza- digno y honrado, que usando la razón y los poderes que el pueblo les atribuya, haga colgarme un cartel del cuello sobre el que sea lea bien claro en letra tipo Times New Roman tamaño 308,5: “He aquí un hombre inmaduro consciente y orgulloso de serlo”.
Un hombre, por cierto, que no se para a valorar ni a juzgar a la gente de su entorno, aún teniendo material suficiente como para hacer una magistral tesis sobre el comportamiento de las personas con las que se ha ido cruzando en su camino. Tesis que no dejaría en buen lugar a muchas de esas personitas de quita y pon que aparecen y desaparecen de la vida de uno, y que por supuesto mejor no realizar, porque... ¿quién mejor que el propio tiempo para poner a cada cual en el sitio que le corresponde en la vida? Cada acto que realizamos tiene sus consecuencias, pero el verdadero inmaduro no será consciente de éstas hasta que ya sea demasiado tarde. He ahí mi victoria, puesto que yo lucho junto a la mejor virtud y aliada posible: la paciencia.
Seguiré cabreándome cuando Karim Benzemá vuelva a fallar estando solo en el área pequeña ante el portero y me fastidie la quiniela, cuando un maldito seta situado detrás de puertas de larga me acribille a balazos con su Ak-47 en el Counter Strike Source, cuando los obreros del metro comiencen su labor a las siete en punto de la mañana en la avenida que transcurre bajo mi balcón, cuando la estúp..., perdón, cuando la despistada dependienta de los kebabs se olvide que le dije que no me echara picante en el rollo mixto de ternera y pollo; seguiré frustrándome cuando no me salgan las palabras adecuadas, cuando no me atreva a saludar a esa chica preciosa del reservado, cuando vuelva a dejar otra magnífica oportunidad pasar, cuando no consiga las cosas tal y como las quiero, cuando me ofrezcan más y más cuerpos, cuando lo que quiero es un único corazón, cuando al levantarme no vea ese carbón negro de caramelo que tanto ansiaba de pequeño; seguiré siendo un soñador, un chico con exceso de imaginación, un luchador por las causas perdidas, un maldito idealista que no entiende de límites ni fronteras hasta que se golpea con ellas una y otra vez para derribarlas; seguiré jodiéndome mientras me confunden mujeres que no son para mí sin perder jamás la esperanza de que aparezca la adecuada – aunque con esto se disfruta, que conste en acta Sr. Secretario -, me joderé mientras pierdo el tiempo convirtiendo granitos de arena en montañas cuyas cumbres se vuelven inalcanzables, mientras le otorgo un valor a cosas que en realidad no valen absolutamente nada; seguiré llorando de rabia cuando vuelva a suspender unas oposiciones siendo consciente de que me sé el temario a la perfección, seguiré recordando mi pasado y las personas que se quedaron por el camino sin querer evitar soltar una lagrimita para aquellas a quienes echo de menos – sí, los superhéroes también lloramos, ¡coño con las preguntas! -, y me volveré a sentir mal cuando crea que lo que muchas personas entienden por justo, sea una gran injusticia. Volveré a gritar en público, a hablar con la boca llena, a tener miedo de que se me olvide tener miedo, a hacerme la pirula en la rotonda de mi barrio, a pegar mocos en el ascensor, a tener sexo conmigo mismo diariamente y a decirlo sin censura, a no temer al compromiso, a proponer a Eddy for president de la urbanización en la que vivo, ... volveré a no saludarte si me encuentro contigo, a no sentir vergüenza de decir que soy vergonzoso, volveré a cortarme o a lanzarme de forma espontánea, volveré a quedarme dormido habiendo quedado para estudiar, y volveré a reír sin motivo alguno; continuaré parando de madrugada, haga frío o calor, en el escaparate del concesionario Ferrari para decirle a ese bello descapotable rojo que algún día será mío, a creer que cinco números y dos estrellas son fáciles de acertar y continuaré teniendo este miedo irracional a volar...
…porque si ser un inmaduro consiste en darle prioridad a los designios de nuestro corazón ante lo que nos dice nuestra mente y razón... acaban de leer a la persona más inmadura del mundo.
En la variedad está el gusto
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